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2008 - Nuestros en Cuba, Fidel Castro, e Condecoração pela Solidariedade




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¡VA a llegar! Fue lo que se me ocurrió decirle al comandante del avión cuando, a punta de pistola, lo convidé para que nos trajera hasta Cuba. «Esto no llega a Cuba», me dijo. Pues de aquí no va a bajar nadie, le repetí sin la más leve señal de temblor en mi voz. El secuestro estaba previsto para el 31 de diciembre, a las diez de la noche. Queríamos aterrizar en la mañana del 1ro. de Enero, cuando se estuviera celebrando el triunfo de la Revolución Cubana, solo que el avión tenía autorización de vuelo para dos horas. Pero el comandante logró hacer una ruta: haríamos pequeños tramos: de Buenos Aires para Chile, después Lima, donde la situación se puso muy tensa, porque el ejército brasileño había ganado tiempo y había contactado al gobierno peruano. Me prometieron hasta lo inimaginable con tal de que abandonara el avión. Pero permanecí firme. Yo, Marilia Guimarães, llegaría de todas maneras a mi destino, aunque fuera muerta.

Cuando vieron que no habría ningún entendimiento, mandaron a entrar al ejército. Aunque existen periodistas que le hacen el juego al imperialismo, hay otros que no. Esos fueron los que me salvaron la vida, pues el aeropuerto estaba lleno de ellos, que anunciaron al mundo entero que en el avión había dos niños y que los militares querían invadirlo. Lograron llamar la atención de la opinión pública internacional, y eso ataba al ejército de manos. Era la primera vez en la historia que alguien secuestraba un avión con dos niños. Después de 24 horas nos liberaron, y viajamos hacia Panamá, pero el secuestro ya iba para el tercer día sin comida, ni agua, estábamos muy debilitados...

Finalmente, a las cinco de la tarde del 4 de enero de 1970, aterrizamos en Cuba. Muy asustados, aunque al bajar la escalerilla vi el letrero: Aeropuerto José Martí. Había muchos militares —al menos eso me pareció entonces—, sin embargo, algo me tranquilizó: sus sonrisas. Uno de ellos pasó su mano por la cabeza de mis hijos, ese gesto de cariño me relajó. Ya podía respirar.

La quinta avenida
Yo tenía mi propia idea sobre la Isla. Pensaba que como en China los cubanos estarían vestidos de gris. Es cierto que vestían un poco desfasados en la moda, pero había tanto colorido en la gente... Montada en un automóvil camino al hotel nos quedamos alelados con la belleza de La Habana. La Quinta Avenida se veía tan linda... La Quinta Avenida siempre me fascinó, sobre todo porque significó la libertad en mi cabeza. En uno de los cines se anunciaba Los paraguas de Cherburgo. ¿Era jueves o sábado? No sé, pero frente al Capri había mucha gente. Pensé que se trataba de una película de época: las mujeres con bucles en la cabeza y unos tacones muy altos... Caí en la cama y el sueño fue rotundo.

Tengo una relación muy fuerte con el mar, nací en una ciudad de mar, montañas y mucho verde. Corrí hacia la ventana y la abrí, y a pesar de que hacía mucho frío, el mar se veía lindo, de ensueño, aquellas olas enormes chocando contra el malecón eran de una belleza indescriptible. Hambrienta y deseosa de tomar café, me dirigí al restaurante, donde todo el mundo me miraba, andaba en minifalda. ¡Caramba, esta no es una película, me dije, soy yo la que está disfrazada! Así empezaron mis años en Cuba.

En la habitación puse la radio. Ese año en el que estuve en la clandestinidad había llegado a Brasil un disco de esos de pasta, que tenía una única canción: Fusil contra fusil, de Silvio Rodríguez. Esa canción, que la escuchábamos hasta el cansancio, estaba metida en mi cabeza. Prendí el radio buscándola y lo que escuché fue: Radio Progreso..., y algo más que no recuerdo ahora, además de una frase que se fijó en mi mente para siempre: ¡Cuba, primer territorio libre de América!, frase con que concluye mi primer libro, En esta tierra, en este instante, un libro sobre mis sentimientos, mi vida en la clandestinidad, no para que lo leyeran los intelectuales, sino aquellos que no tienen hábitos de lectura. Para esos es para quienes hay que escribir.

La distancia del corazón
Esos primeros años de la década de 1970 fueron muy difíciles, pero había un amor inmenso, una fuerza interior gigantesca. Es que la Revolución al cambiar las estructuras duras del capitalismo hizo que el hombre fuera más tierno. Fue Cuba la que le enseñó al mundo el significado de la palabra solidaridad; la solidaridad como postura de vida. Ese es uno de los grandes logros de la Revolución Cubana. Ese hombre nuevo del que habló el Che ya nació, ya existe. Por eso me dije: tengo que hacerle un homenaje a la Revolución, al pueblo cubano, tenía que hacerlo, porque el exilio para muchos es muy duro. No diré que fue fácil para mí. No lo fue. Porque, además de la física, existe otra distancia, que es la distancia del corazón. No tienes cómo llenar esa falta del olor de tu tierra, del olor de tu mar, de la luna, de las estrellas, porque el hombre es físico, es pura electricidad.

Le debía eso a la Revolución Cubana, a los cubanos, pero también al mundo, tan desinformado sobre esta maravillosa Isla, engañado por tanta propaganda injusta. Por eso este segundo libro que decidimos nombrar Nuestros años en Cuba. Un exilio entre el sinsonte y el sabiá. El exilio es complicado, duele, uno sufre por más que tengas el respaldo del pueblo cubano, que no tiene límites.

Quería escribir sobre aquellos complejos primeros diez años de la Revolución Cubana, los de reafirmación. Cuba es una isla, no un continente con recursos que se pueda mantener sola, por eso el bloqueo siempre ha sido infame. Sin embargo, el mundo asiste a eso sin gritar. El mundo debe gritar y gritar y gritar. El bloqueo es inadmisible, y mira cuántos años lleva, a pesar de las brechas abiertas. El mundo no sabe que en los 70 Cuba lo tenía todo para convertirse en el mayor productor de azúcar del planeta, pero eran incendiados los cañaverales, se secuestraban a los pescadores, se hacían atentados... El mundo no lo sabe a pesar de que Cuba es más famosa que la Coca Cola. Hay personas que han tenido la osadía de preguntarme si en Cuba hay artes plásticas. ¡Ja! Ay, caramba, ¡qué ignorancia! La gente necesita saber que esta Revolución es grandiosa.

Recuerdo cuando impartí portugués a los pilotos del avión que explotaron en Barbados, en 1976. Para mí fue terrible cuando supe de aquel crimen. Les había enseñado no para que fueran expertos, sino para que se pudieran comunicar y pudieran decir: Bom dia, Boa noite, todo ben... Y de repente, perdí a compañeros muy queridos, así: de un día para otro. Sí, hubo muchos momentos angustiosos, pero también los hubo de mucha alegría y felicidad. Cuando uno hace un pare y mira, dice: Claro que valió la pena, valió la pena haber llorado y sufrido, haber reído y haber soñado, porque aquí está la Revolución sembrada y cosechada de verdad.

Ahora acabamos de terminar la Plaza de Oscar Niemeyer en la UCI, en la cual participé desde el primer detalle, desde el día en que se le entregó de regalo al Comandante en Jefe hasta el final. No puedo olvidar que los muchachos de Cubana de Acero, los más jóvenes, me decían: «¿Doblar el acero y darle forma redonda? Eso es cosa de locos. Oscar Niemeyer hará esas cosas, pero se va a caer». Y el día que ellos lograron doblar el acero, algo tan complicado —porque en verdad lo es—, había que verles las caras. Lo habían logrado. Lo hicieron solos. Cuando llegué ya estaba la estatua levantada. La fuerza y la garra que tiene el pueblo cubano lo hace doblar el acero.

El encuentro
¡Cómo lo voy a olvidar! Fue un encuentro casual, muy casual. Al poco tiempo de estar en Cuba, empecé a presentar problemas con la tiroides, por el propio estrés del año de la clandestinidad, por el secuestro del avión; alguna huella tenía que dejar. Yo había ido al Fajardo a verme con mi endocrinólogo, Santiago Hung, y con Mateo, el jefe de Endocrinología en Cuba. Estaba en el lobby, un poco distraída, y no lo vi llegar. Fue en el elevador cuando me fijé en aquel hombre, que de repente me pregunta: ¿por qué te pintas el pelo, muchacha? —siempre he tenido canas. Lo único que atiné a contestar fue: Yo no me pinto el pelo, Comandante. Como se percató de que me había quedado como una tonta, parada como una estatua de sal —sucede con todo el mundo cuando se lo encuentra por primera vez, porque es la propia historia delante de ti, es impresionante—, le preguntó a Mateo: ¿qué tiene ella? ¿De qué nacionalidad es? Mi corazón latía a 200 revoluciones por segundo. Es brasileña y tiene problemas con la tiroides, respondió Mateo. Le empezó a explicar porque, como sabemos, Fidel todo lo pregunta, todo lo quiere saber: cuál es la medicina, cómo es el tratamiento... Es una pregunta ambulante. Y entonces finalmente dijo: Bueno, entonces cuídala, que los brasileños valen oro. ¡Ah, cará, para qué dijo eso! Yo no hablaba con nadie, ni quería que nadie me tocara. Me sentía como un lingote de oro puro.

Cuando hablas con él por primera vez todo se te olvida. Es como ver a Miguel Ángel Buonarroti haciendo el David o a Leonardo Da Vinci pintando. Se te doblarían las piernas, empezarías a temblar... Y luego, no te olvida.

Unos meses después lo volví a encontrar, y la primera pregunta que me hizo fue: ¿Estás bien de la tiroides? Los cubanos saben que él es así, pero cuando uno lo cuenta a otras personas, te miran como diciendo: está loca, está inventando. Hace como dos o tres años, en la presentación del libro La memoria donde ardía, de Miguel Bonasso, conversé otra vez con él: Comandante, ¿usted se acuerda de mi hijo? ¡Cómo me voy a olvidar de mi hijo brasileño! Y abrazó a Marcelo. Enseguida empezó a recordar la niñez de Marcelo, que es un hombre ya. Habló del día en que llegaron los niños chiquitos y él mandó a decir que sí, que los aceptaba como sus hijos y de la Revolución. Así fue cada vez que tuve la felicidad de verlo. Jamás se olvidó de mí. Nunca nos olvidó.

Mi fiesta
Fue muy difícil, muy difícil el regreso. Primero, porque llegué a Cuba a la edad en que se hacen los amigos para toda la vida, y a mi regreso a Brasil, los amigos de la universidad ya habían tomado sus caminos. Habían pasado diez años. La adaptación fue muy complicada, sentía mucha falta de Cuba, los niños no se acostumbraban, no entendían por qué había tantos niños en las calles, no lo entendían. Se me creó un problema muy serio, fíjate que dos años después volvimos a Cuba, por problemas políticos, pero también porque Eduardo y Marcelo no querían quedarse, hasta que logré convencerlos: Cuba sigue siendo nuestra segunda Patria, pero somos brasileños y tenemos un compromiso con Brasil. Marcelo es muy, muy cubano: la comida, la forma de ser, es muy mujeriego, alegre. Para mí también fue terrible. La gente no tiene idea de lo que es vivir en el capitalismo: hay que matar un león por día, de lo contrario te quedas en el medio del camino. Por suerte, Cuba está cerca, cuando me aprieta mucho la nostalgia llamo por teléfono o vengo. Entonces no pierdo el tiempo, no duermo, tengo que aprovechar el olor de la gente, apresar la energía, para poder volver renovada.

Por eso es que casi muero el día en que me entregaron la Medalla de la Amistad. Yo había comprado unos globos y preparado una fiesta para reunirme con mis amigos, a quienes quería homenajear, pero no sabía que quien iba a ser objeto del homenaje era yo. Pensé que me dirían unas palabras y cosas así, pero me dejaron muda, con el alma en el aire, lo mismo hablaba que lloraba, mi hijo me abrazaba para que parara de temblar. ¡Y después dicen que Cuba no es grande!

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